miércoles, 10 de febrero de 2016

Gabriel Fauré: El maestro del encanto.



De la producción de Gabriel Fauré, El Maestro del encanto como lo llamó Debussy,  destacan sus tres últimas obras de cámara, en donde muestra un estilo algo difuso, de   expresión intimista que se apartan de su obra anterior y apuntan hacia la modernidad.  Son ellas el   Quinteto para piano No. 2 en sol menor OP. 115 (1919), el Trío para piano en re menor OP. 120  (1922), y el Cuarteto de cuerdas  en mi menor OP. 121 (1923)
Ciertamente, ellas están  de las obras de cámara más notables de la escuela impresionista francesa, ocupando un lugar privilegiado al lado del Quinteto para piano y la Sonata para violín y piano en la menor de César Franck y los cuartetos de cuerdas de Debussy y Ravel. 

Francisco Rivero. fauré. 2016.

El término impresionismo proviene de la escuela  en pintura del mismo nombre. Un buen ejemplo es  el cuadro Impresión, salida del sol (1873) de Monet. En esta obra seminal del impresionismo, el pintor  disuelve las formas del paisaje en tenues colores que apenas sugieren los objetos trabajados con una paleta de colores  suaves y delicados. Son manchas sobre la superficie del lienzo  donde predominan los tonos azules y violetas. Si las miramos de cerca vemos que no representan nada, pero al alejarnos, los colores se funden en la retina y crean formas reconocibles.
Fauré representa el equivalente musical del impresionismo con un lenguaje  muy personal en donde se combinan, además de los más exquisitos timbres musicales,  conceptos contrapuestos como la modalidad y la tonalidad. En este quinteto podemos apreciar todos los elementos del estilo tardío de este compositor, de manera resumida.
La última etapa de Fauré que va desde 1915 hasta su muerte en 1924, posee un paralelo con los últimos cuadros de Monet de plantas acuáticas en su jardín de Giverny, una obra que ocupó el mismo lugar en el tiempo,   un cuarto de siglo, desde 1900 hasta 1923. Ambos artistas en el final de su carrera plasmaron la esencia de su arte y se adelantan al futuro. Fauré casi traspasa los límites de la tonalidad y la forma musical, mientras que Monet se acerca bastante a la abstracción en sus Nenúfares.

Quinteto para piano No. 2 en do menor, Op. 115.
Fue compuesto en el año de  1921, cuando el autor contaba con setenta y seis años,  y fue dedicada a Paul Dukas.
El primer movimiento fue escrito después de los dos centrales, como era ya una costumbre en las últimas obras de cámara de Fauré. El tema principal se expone en un solo de viola y de manera muy sutil empiezan a desarrollarse cambios de ritmos que sugieren una atmósfera difusa y de imprecisión. Las bellas melodías apenas afloran al ser sugeridas dentro de una textura polifónica bastante refinada. Escuchamos temas hermosos que nos acercan al cielo y luego nos hacen descender a este mundo  con dejos de nostalgia. Algo típico y que permanece como una constante en la música de Fauré era evocar, con estos tintes azules  de tristeza,  aquellos años dorados de la Belle Epoque.
El segundo movimiento es un scherzo alegre, enérgico y vivaz que contrasta con el movimiento anterior. Carente de expresión y sentimentalismo, la música marcha hacia adelante sin dejar un mínimo de espacio para la reflexión. Los contornos cristalinos de las notas del piano se adornan con algunos toques de humor. La música fluye de manera incesante como el agua de una fuente.
El tercer movimiento se hermana con el primero en cuanto al tono de nostalgia  expresado en el piano mediante una melodía  incisiva. Resultan asombrosos los efectos de textura casi trasparente, obtenidos por el compositor con una tremenda economía de medios. Apenas unas cuantas notas en el piano y un acompañamiento homofónico en las cuerdas. El piano entona un preludio de coral que va creciendo en un clímax hasta disolverse en un suave aire de resignación. Formas arcaicas se contraponen con modernas armonías.


El movimiento final  algo más ligero y luminoso comienza anunciando cosas para la imaginación que no escucharemos más adelante. La música va explorando lugares de estabilidad,   con rápidos cambios armónicos, sugerentes de  melodías ocultas. Hay un dialogo interesante entre las cuerdas con temas que migran de un instrumento a otro creando un clima vivo y algo fresco, pero que no esconde del todo su carácter otoñal. La obra culmina de manera distante y elusiva, con una textura algo discreta,  sin grandes frases declarativas.
 Es una obra de unos 31 minutos de duración y se estructura en cuatro partes.
1.      Allegro moderato                                                      10:03
2.      Allegro vivo                                                               4:04.
3.      Andante moderato                                                    10:57.
4.       Allegro molto                                                                       6:06.

Discografía:
  1. Jean Hubeau (Piano). Cuarteto Via Nova. Erato. 1970.
  2. Jean –Philippe Collard (Piano). Cuarteto Parrenin. EMI. 1975.
  3. Susan Tomes (Piano). Cuarteto Domus. Hyperion. 1994.

No hay comentarios:

Publicar un comentario